¿Qué es el cine? ¿Cuál es su función dentro de la sociedad? ¿Es realmente importante para ella? Y, sobre todo, ¿es Emilia Pérez el nuevo modelo de película?
Hago esta última pregunta porque la industria cinematográfica ha decidido que esta cinta alcanzó la excelencia y, por ello, la ha multipremiado, incluso con títulos como Mejor Película. Hoy es una de las «favoritas» para los premios Oscar. Pero, ¿qué pasa cuando un largometraje como Emilia Pérez surge del dolor de un país y es rechazado categóricamente por más de la mitad de su población?
Soy mexicana, nacida y crecida allá, y como muchos de mis paisanos, por el momento no me encuentro en casa. Pero desde que vi esta película, oh patria, te prometo que aquí tienes a tu soldado, desde su trinchera, denunciando las múltiples faltas de respeto que esta cinta cometió al intentar contar tu historia. Parece que a los colonizadores no les bastó con el oro, la plata, el azúcar, el cacao y las tierras; ahora buscan hacer ganancia de nuestra miseria, disfrazada con lentejuelas y canciones que mordisquean el español como aves de rapiña.

La importancia del cine y la responsabilidad creativa
Mi conocimiento cinematográfico les va a dejar mucho que desear. A pesar de haber estudiado Ciencias de la Comunicación, prefiero ser honesta y decir que lo que sí sé es disfrutar de una buena película. El mérito no es mío. Tenía ocho años cuando vi El Rey León por primera vez y, al final, como si se tratara de Richard Williams frente a Venus y Serena, mi madre me lanzó la pregunta:
—¿Qué fue lo que aprendiste?
Tener que responder esa pregunta era un reto. Porque estarán de acuerdo conmigo: cuando tu madre es latina, más te vale tener una respuesta chingon@ y convincente, para no convertirte en el objetivo principal de su chancla. No recuerdo qué dije, pero al menos mi mamá quedó contenta. Lo que sí tengo grabado es el momento en que la pregunta salió de sus labios y la lección que siguió:
—De todo se aprende. Nunca veas algo solo por verlo.
En la adolescencia, comencé a escuchar música en inglés, particularmente All the Things She Said de t.A.T.u —ese dúo ruso de chicas bellísimas cuya imagen de lesbianismo adolescente era atrapadora. Yo cantaba la canción como cualquiera que no tiene la menor idea del idioma inglés: ‘gauguachando”, hasta que mi madre preguntó, con toda la inocencia del mundo:
—¿Qué dice la canción?
El tono de su voz era completamente ingenuo, de verdad quería que yo la llevara a través de la letra, para que ella pudiera entender porque me gustaba tanto. Pero esta vez mi respuesta no satisfizo la demanda; y clarito me acuerdo de lo que dijo ese día:
—Si vas a escuchar música en otro idioma, necesito que la traduzcas. Por lo menos para que, si te mientan la madre, estés enterada. No lo olvides: de todo se aprende.
Bajo esa premisa me pregunto: ¿Los creadores de contenido tienen una responsabilidad hacia el público al que se dirigen? Y si la tienen, ¿cómo se relaciona esta responsabilidad con quienes la consumen?
El cine, la autenticidad y el fracaso de Emilia Pérez
A lo largo de los años, hemos aprendido a disfrutar de un buen largometraje sin conocer los elementos técnicos detrás de su creación. Aun así, somos capaces de llenar salas y generar millones en taquilla cuando una historia nos atrapa con su tono, ritmo, color y ese sabe qué que nos hace querer revivir la experiencia una y otra vez.
Hoy en día, la «magia del cine», con quien tenemos una relación desde 1895 ha llegado a nuestros hogares. Y aunque podemos emocionarnos igual que en una sala, hay películas que fallan en su intento de conectar con el espectador. Emilia Pérez fue una mala inversión. Desde el inicio, fue difícil de ver. Me quedé desencantada porque, en 130 minutos, solo encontré conjuros y magia negra acumulándose en un bulto de prejuicios, calumnias y faltas de respeto.
Aun así, me obligué a verla hasta el final, porque es justo para cualquier creador que su obra se analice completa antes de ser criticada. Y aquí resumo con cinco ejemplos superficiales por qué supe que, así como Audiard no se tomó en serio a mi país, yo no debía tomar en serio su trabajo:
- El título profesional de la «Licenciada en Derecho»
En Francia, los títulos no llevan foto. Pero a Audiard no le importó ser fiel a México, así que la fotografía de Rita con birrete y toga, no significaron ningún inconveniente para el director. - El acento de Zoe Saldaña
El director ha dicho que «el español es una lengua de pobres», aunque él mismo no lo habla. Para Audiard, cualquiera que habla español suena igual, ¿no? - La vulgaridad sin gracia
Los mexicanos dominamos el albur, el doble sentido y los juegos de palabras para expresar la vida, el cachondeo y la coquetería. Pero, como dicen muchas madres latinas: hasta para eso hay que tener gracia. Gracia que solo se aprecia y se aprende visitando México, porque si te pones poeta y en el aire las compones y no prestas atención, por ahi una vulva se puede pasar de lista, y si no entendieron esta última línea, lo siento, no se las puedo explicar, tendrán que descifrarlo por ustedes mismos, agarren al primer mexicano que encuentren para que les explique. - El acento norteño de Monterrey perdido
Pobrecitos mis hermanos regios. Ese acento tan chulo y sabroso que no se va aunque ellos se vayan del rancho. Pero ahí disculpen a este señor sin respeto ni cultura general, solo digiere lo que lee, lo que le dicen y lo que le dan. - La imagen del narcotraficante
No estoy hablando de que el personaje principal sea trans. Doña María Félix lo dijo claro: «Lo que hagan las gentes de la cintura para abajo son SUS historias«. Estéticamente hablando les dio el estilo de los que venden sus productos y no del dueño de la producción, vamos que hasta en Netflix hay una serie que le pudo haber acomodado más el panorama.
Y mejor ni hablemos de la comparación absurda entre Jacques Audiard y Luis Buñuel, que los propios medios hicieron, en esa búsqueda desesperada de justificar el “arte” del director. Si yo fuera Buñuel, intentaría mandar un mensaje desde otra dimensión al mero estilo de Interstellar diciendo:
—¡Esas son m…Maniobras de publicidad para justificar la negligencia cinematográfica que este señor Audiard obvió por completo, por estar embelesado con su sueño de ser el más Lynch del año». Pobre Luis, él que si se dio el tiempo de conocer México, ahora ha de estar revolcándose en su tumba por tan infame comparación.
La pregunta final: ¿Qué nos está diciendo la industria?
Jacques Audiard no solo se pasó por el Arco del Triunfo a México, sino también al cine. Y lo peor es que sus propios colegas lo están premiando por ello.
Esto me deja aún más preguntas:
- ¿Es Emilia Pérez el nuevo prototipo avalado por la industria para «contar la historia del mundo»?
- ¿Por qué una película que, en términos cinematográficos, no compite con las otras nominadas está recibiendo tanto reconocimiento?
- ¿Nos está diciendo la industria que Christopher Nolan y otros directores que hacen cine «demasiado inteligente» tendrán que competir con proyectos menos exigentes?
- ¿Es coincidencia que esta cinta reciba tantas nominaciones justo cuando Trump vuelve a la presidencia de Estados Unidos y promete reformar Hollywood?
Al final, solo tengo claro algo: la historia de México la contamos nosotros. Y Emilia Pérez es una prueba más de que todavía hay quienes creen que pueden vendernos sin conocernos.
Pero bueno, como el señor Jacques no se va a enterar de nada, a menos que alguien le traduzca, me permito hacer el cambio idioma en las líneas siguientes para escribirle esta carta abierta:
Monsieur Audiard,
Puisque vous ne parlez pas la langue des pauvres, cette femme, originaire de ce pays «émergent» dont vous avez cru pouvoir raconter l’histoire à travers le prisme du narcotrafic et des disparitions forcées, va vous rendre service en vous écrivant dans la langue de Victor Hugo.
Chez moi, on dit : « Los trapos sucios se lavan en casa. » Ne vous inquiétez pas, monsieur Audiard, je vais vous traduire : « Il faut laver le linge sale en famille. » C’est une métaphore pour signifier que les problèmes internes doivent être réglés en toute intimité avant de critiquer ailleurs.
Peut-être pensez-vous qu’il n’y a pas de «linge sale» chez vous. Détrompez-vous : il y a bien plusieurs «machines» à faire chez vous aussi. Pourtant, au lieu d’affronter vos propres problèmes sociaux, vous avez préféré détourner le regard et raconter ceux des autres.
On ne touche pas aux mères.

Aïe, aïe, aïe, monsieur Audiard, comment vous expliquer que vous avez ravivé la douleur d’un océan de mères mexicaines? Et cela, croyez-moi, fait résonner en nous cette partie de l’hymne national mexicain qui dit : « Pense, ô chère patrie, que le ciel t’a donné un soldat en chaque enfant. » Parce que les disparus dont vous parlez ne sont pas de simples chiffres. Ce sont des frères, des sœurs, des oncles, des tantes, des pères, des mères… mais avant tout, les enfants de femmes désespérées qui luttent pour obtenir une réponse. Et votre film, au lieu d’apporter de la clarté, n’a fait qu’attiser encore plus la flamme.
Soyez rassuré, monsieur Audiard : si votre film avait été réalisé avec pertinence, respect et une véritable empathie, le Mexique vous en aurait été reconnaissant. Mais puisque vous avez préféré écrire votre scénario avec arrogance et distance, sachez que chaque Mexicain fier de l’être est un soldat prêt à défendre sa dignité. Vous découvrez aujourd’hui, les conséquences de votre manque de respect.
Malheureusement, monsieur Audiard, on hérite souvent de ses parents de l’argent, des titres et même d’un métier. Mais pas du talent.
Profitez bien de vos palmarès. Après tout, comme vous l’avez si bien dit, ils sont décidés et attribués par vos amis du milieu. Grâce à cela, vous avez peut-être gagné l’admiration de quelques Mexicains de l’industrie à laquelle vous appartenez. Mais croyez-moi, il existe des pseudo-Mexicains qui, comme vous, ont une vision bien vague de ce qu’est réellement le Mexique, et eux ne nous représentent pas.

(VERSION EN ESPAÑOL DE LA CARTA ABIERTA
Señor Audiard,
Ya que no habla la lengua de los pobres, esta mujer, originaria de ese país “emergente” cuya historia creyó poder contar a través del narcotráfico y las desapariciones forzadas, le hará un favor escribiéndole en la lengua de Victor Hugo.
En mi tierra decimos: «Los trapos sucios se lavan en casa.» No se preocupe, señor Audiard, se lo traduzco: «Hay que lavar la ropa sucia en familia.» Es una metáfora que significa que los problemas internos se resuelven en casa antes de andar criticando a los demás.
Tal vez usted crea que en su país no hay ropa sucia. Se equivoca: también hay muchas lavadoras por poner en marcha. Sin embargo, en lugar de enfrentar sus propios problemas sociales, prefirió voltear hacia otro lado y contar los de los demás.
Con las madres no se juega.
Ay, ay, ay, señor Audiard, ¿cómo explicarle que ha reavivado el dolor de un océano de madres mexicanas? Y eso, créame, hace eco en lo más profundo de nosotros con esas palabras del himno nacional mexicano: «Piensa, ¡oh patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio.» Porque los desaparecidos de los que habla no son simples números. Son hermanos, hermanas, tíos, tías, padres, madres… pero sobre todo, los hijos de mujeres desesperadas que hacen lo imposible por obtener una respuesta. Y su película, en lugar de aportar claridad, no ha hecho más que avivar la herida.
Quédese tranquilo, señor Audiard: si su película se hubiera hecho con pertinencia, respeto y una verdadera empatía, México se lo habría reconocido. Pero como prefirió escribir su guion con arrogancia y distancia, sepa que cada mexicano que se siente orgulloso de serlo es un soldado dispuesto a defender su dignidad. Hoy está descubriendo, con el rechazo de su película, las consecuencias de su falta de respeto.
Lamentablemente, señor Audiard, de los padres se hereda el dinero, los títulos y hasta la profesión. Pero no el talento.
Disfrute de sus premios. Después de todo, como usted mismo ha dicho, se los otorgan sus amigos de la industria. Gracias a ello, quizá haya ganado la admiración de algunos mexicanos dentro de ese gremio. Pero créame, que como usted, existen pseudo-mexicanos que tienen una visión vaga de lo que realmente es México y ellos no nos representan. )
Esbeidi Rivas (Zeñorita Champiñon)




odos los medios por ser madres; pero bueno, aunque las líneas anteriores , estén evidentemente cargadas de veneno (como dicen por ahí), quiero dejar en claro que no hago menos la labor como madre de nadie, porque eso a mí no me corresponde, pero si rechazo, la doble moral y que en pleno siglo XXI, las mujeres tengan que seguirse preocupando porque su embarazo las convierta en blanco de discriminación y por consecuencia de despido.
ctadas, selladas e incluso ya hasta hayan sido impuestas en el país, suenan como a cuentos de hadas, completamente alejados de la realidad, cuando la discriminación y el despido por embarazo o maternidad, siguen siendo uno de los problemas a los que las mujeres se deben enfrentar en el siglo XXI; además, a esa receta de injusticia, habrá que agregarle una tonelada de agresiones verbales y psicológicas que las mujeres embarazadas, en etapa de lactancia o con hijos reciben. Son percibidas por empleadores e incluso compañeros y compañeras de trabajo, como poco menos que inútiles, un vergüenza para la imagen del negocio “por estar panzona”, o individuos con incapacidad temporal.




s, con un abrazo, un beso o una sonrisa; todo por temor a ser considerados como un individuo débil. Pero lo cierto es que los sentimientos es lo que nos hace humanos, es la forma de expresar que estamos vivos, que hay cosas que duelen o que nos hacen felices. Llorar por ejemplo, es una forma de soltar todo aquello que emocionalmente nos hace daño. Así que los hombres sí que lloran, sienten, aman y sufren porque afortunadamente son la otra parte de la humanidad. Películas como: Diario de una Pasión (2004), Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (2004) y Dulce Noviembre (2001), son consideradas para ellas, pero son para todos, en las tres historias, hombre y mujer lloran, aman, sienten, sufren, así como en la vida real, hombres y mujeres deben ser libres de expresar lo que sienten.
frutar debido a esta idea de género, en la que incluso entran prejuicios de que los varones pueden ser autores de un abuso sexual hacia los menores a su cargo. Viajar por el mundo como guardianes de niños, o estar a cargo de un grupo en un jardín de niños deberían ser oportunidades para ambos sexos. Películas como Papá por siempre de 1993, Un Papá Genial de 1999, nos muestra que los hombres son tan capaces como las mujeres de aprender a criar un hijo y velar por su bienestar.
estética, la moda, el cuidado del cutis, de las uñas, en fin todo lo relacionado como “femenino”, parece no estar permitido para los “hombres, varoniles, fuertes e imponentes”, aun cuando esté comprobado que a ellos también les gusta verse y sentirse bien con ellos mismos, si quieres ver que piensan ellos de esto Mansome un documental del 2012 es lo que estás buscando.
4 Ballet: La idea estereotipada del ballet es: tutús, medias, leotardos, moños en el pelo, zapatillas de ballet y el rosa como el color principal de dicha actividad física-artística. Sin embargo no debemos olvidar la gran lección que nos dejó la película: Billy Elliot en el 2000, en dónde un niño es capaz de romper con los prejuicios y convertirse en un gran bailarín.
ealicen el trabajo que normalmente harían una mujer, como es limpiar la casa, hacer la comida, y cosas por el estilo, este tipo de empleos parecen estar destinados a las mujeres, por esa idea generalizada de que son expertas en temas del hogar. La mano que mece la cuna (1992), muestra que un hombre de servicio doméstico puede proteger a los niños de la familia a la que sirven tanto como una mujer.



