Me voy

Disfruta el cuento, esta vez, es para pasar el rato y porqué no escribir uno, bella tarde!!!

Era regordeta, de faldas largas y blusas con flores pintadas a mano tan grandes como ella. Sus ojos eran dos grandes y redondos soles negros, su sonrisa brillaba por los cuatro dientes delanteros color plata que le habían tenido que colocar a los 20 años.

Le gustaba vender de todo, flores, aves, frutas, verduras y hasta calzones usados. Todos los días colocaba en la acera el mantel azul con rosas rojas y encima de él la mercancía del día. Cuándo vendía verdura, detenía a las amas de casa y les hablaba de lo feas que tenían las uñas y de lo beneficioso que sería comprar las zanahorias que ella tenía, ya que la zanahoria era buenísima para repararlas, o cuando veía mujeres embarazadas corría para hablarles de como la calidad de la leche materna mejoraba por sus grandes y jugosas zanahorias. Cuando vendía aves les gritaba a los hombres que los patos les darían muchos huevos para alimentar a su familia, a los dueños de cosechas les hablaba de lo magnifico que era que los patos se comieran a las babosas e insectos que vivían en sus casas y que dañaban la siembra, y así ninguna persona se salvaba de los consejos de Toña, la gritona del mantel con flores, la gordita fastidiosa que todos evitaban.

Tratar de evadir a Toña era imposible, había que pasar por la calle y sus gritos para poder ir por la leche, los quesos, las carnes, los pollos y las especias. El día de la venta de calzones usados era el peor para todos, Toña se la pasaba gritando las historias de cada uno de los dueños anteriores ¡Éste es el calzón de la noche de bodas de Gertrudis, cien por ciento algodón, usado una sola vez, sin olores!, ¡Éste es el calzón de Antonio, el que uso cuando engaño a su mujer Patricia con Sara, es de lino y también nomás se lo puso una vez, sin olor y de marca!, Toña gritaba aun si Patricia o Gertrudis andaban por ahí haciendo las compras, pero la gente del pueblo vendía sus calzones a la gordita porque pagaba bien por ellos.

Una tarde mientras Toña se disponía a recoger la mercancía y el mantel azul con las flores rojas, se encontró un botón grande y brillante, rápidamente Toña lo guardo entre el busto y se fue a su casa, ese tarde camino tan rápido que no se fijo cuando chocó con una muchacha ciega a la que casi tira por la banqueta, tampoco escuchó al perico verde que le paso volando por a un lado de la oreja, lo único que quería era llegar a casa y sacar el diamante que estaba dentro del botón.

Al llegar a casa, Toña dejo el bulto sobre la mesa, y en la cocina saco su cuchillo con más filo, después de muchos intentos consiguió lo que quería, un diamante grande y gordo como ella relucía en sus manos. A la mañana siguiente, se dirigió con el joyero del pueblo y le vendió el diamante, eran muchos los billetes en las manos de Toña.

La mujer en un solo trapo guardo sus pertenencias, le hizo un nudo fuerte y regreso a su calle de siempre gritando que se iba, que la ciudad la esperaba. Mientras sus pasos avanzaban, las personas la miraban marcharse. El pueblo se quedo en un silencio absoluto, era como si el color y la vida se los hubiera llevado Toña entre sus trapos.

juan

Zeñorita Champiñon

Mejor ya no (cuento)

Paynal era un chico bastante distraído, siempre creyó que su madre había sido ultrajada por algún dios griego y pensaba que seguramente dentro de su ser corría sangre aún más valiosa que la sangre azul de la realeza. Alrededor de su casa, había grandes árboles de cedro y la mayor parte de los días el sol no mostraba sus rayos, eso era motivo para que Paynal imaginara que las gruesas nubes se debían a que los dioses no querían verlo volar.

El día que casi vuela, Paynal le explicó a su madre que el árbol del que saltó tenía un exceso de gravedad cosa que lo había hecho fallar en el intento. Esa noche del salto fallido la luna se encontraba radiante y debajo de la rodilla izquierda del muchacho la sangre le corría a chorros pero tenía algo particular, no era roja, por el contrario lucía metálica, con ello Paynal se convenció de que su sangre era especial, incluso al probarla un extraño sabor a hierro se quedó jugando en su paladar.

Después de esa noche Amelia, la madre del chico, lo vigilaba constantemente. Incluso tuvo que vender los patos, las gallinas, las codornices y hasta al pobre de Cirilo, el pequeño perico verde de Paynal, porque a todos les quería cortar las alas para empezar a construir las suyas.

Amelia descubrió las intenciones de su hijo una tarde que había decidido ir a hacer las compras. Ese día las nubes estaban cargadas de agua, pero aún sabiendo que la tormenta podía aparecer en cualquier momento Amelia decidió dejar a su hijo por unas horas para partir por las cosas para la cena; a un pie del auto, el agua cayó a cantaros  sobre ella así que decidió regresar a casa y preparar un recalentado. Al abrir la puerta descubrió que Paynal ya no se encontraba en la sala haciendo los deberes de la escuela, lo buscó por toda la casa, hasta que escuchó el sonido de un martillo y los chillidos de auxilio de Cirilo. Bajó rápidamente al sótano y descubrió que su hijo tenía al pájaro amarrado a la mesa e intentaba clavarle las alas para después cortarlas. Paynal lloró para disculparse y prometió no volverlo a hacer, pero después de haberse disculpado tres veces más, Amelia terminó vendiendo todas las aves del hogar. El colmo fue cuando llegó esa noche en la que Paynal había decidido volar, saltando del árbol.

Una tarde Paynal regresaba de la escuela, en cada esquina corría tan rápido como podía mientras estiraba los brazos e impulsaba su cuerpo hacia delante. Después de siete intentos, decidió darse por vencido, y alentó los pasos. Con la cabeza agachada y las manos sosteniendo los tirantes de la mochila siguió su camino bajo la lluvia que no lo habría alcanzado a menos de que hubiese continuado corriendo. Los truenos comenzaron a generar luces intermitentes en el cielo, aún con el estruendo del ruido Paynal siguió a paso lento su camino. Al pasar por el puente que se encontraba a unos minutos de su casa, un rayo brillante se impactó a un costado de Paynal el ruido fue tal, que el chico chillo tres veces más fuerte que Cirilo cuando estaba amarrado en el sótano. Cuando pudo mantener la cordura corrió tan rápido a casa que no se percató de que las cintas de los zapatos se habían desamarrado, las zancadas eran cada vez más aceleradas, su cuerpo se agitaba y un frío inexplicable le corría por todo el cuerpo, de pronto, una piedra se encontraba en su camino, tremenda roca le llegaba a las rodillas. La velocidad era tanta que temía no tener el tiempo suficiente para saltar, a centímetros de la piedra cerró los ojos y pego un brinco que a cualquiera lo hubiese hecho chocar contra el objeto y dejarlo inconsciente, pero Paynal, ya se encontraba bastante lejos de la piedra y ahora sobrevolaba su casa, su madre atónita, solo extendió la mano para saludarlo, mientras mantenía la boca abierta y los ojos fuera de órbita mirando hacia el cielo.5368861585_9efa4ab3ee_b

Fue la primera vez en toda su vida que Paynal había amado a la gravedad, desesperado intentó regresar hacia los brazos de su madre, pero las alas que habían salido de sus pies, parecían conocer las coordenadas de su destino, entre las nubes Paynal había desaparecido.

Zeñorita Champiñon