¡Pos me saco los ojos! (cuento)

La violencia contra las mujeres, genera que muchas de ellas atribuyan la culpa a su belleza física, a sí mismas. Vivir con miedo no es opción, las mujeres merecemos vivir tranquilas y sabiendo que nuestra integridad está asegurada.

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El cabello de Ana le llegaba al trasero, con cada paso de la joven de ojos azules y labios rosas, el cabello negro y lacio se ondeaba de lado a lado, cortando los rayos vespertinos del sol. Los vestidos hasta el suelo y de cuello redondo, no eran el motivo que volvía locos a los jóvenes del pueblo sino la piel color canela brillante de la muchacha, ninguna mujer de Aicnarf el pueblo de Ana tenía la piel así.

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Ana se mostraba fiera, aunque por dentro muriera de miedo por las miradas de los muchachos. En ocasiones en casa no podía dormir temía que alguien estuviera asomado por la venta viéndola como cual hambriento a un pedazo de res. Cuando se bañaba, su madre y su hermana debían estar a sus alrededores, no fuera a ser que un morboso se metería a la casa, entrara al cuarto de baño y la viera desnuda. Pero vaya que le gustaba caminar sola, caminar sola no le molestaba siempre y cuando no pasaran de las cinco de la tarde, ella sentía que el sol la protegía y que los peligros solo ocurrían de noche.

Una tarde mientras regresaba de los mandados que su madre le había pedido, unos jóvenes corrieron tras ellla. Asustada Ana maldijo al sol por no defenderla y tiro la canasta con todo lo que había comprado. Cuando llego a casa, no había nadie, y maldijo a la tarde por haberla dejado sola e indefensa, cuando un perico verde se posaba en su ventana cantando fuertemente.

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Mientras lloraba recostada en su cama se sentó, tomó unas tijeras de la mesita de noche y comenzó por su cabello, los cortes eran desesperados, varias veces se salvó de no rajarse el cráneo; pero seguía siendo bella, los grandes y redondos ojos azules reflejados en el espejo le gritaban y se burlaban de lo bella que era, de lo acosada que sería para siempre y así en dos golpes Ana sacó los ojos de sus cuencas; en el espejo una sonrisa grande se reflejaba  y la paz y la tranquilidad brillaron en su rostro.

Zeñorita Champiñon

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